A finales de los 70’s, éramos un grupo de mozalbetes de 16 a
18 años viviendo esa etapa tan complicada de la vida como es la transición de
la adolescencia a la “adultez temprana” (como yo la llamo). Etapa en la que
queremos “ser grandes” de porrazo y comenzamos a tener nuestras primeras
experiencias con los llamados “vicios” en los que todo hombre esta casi
“condenado” a caer como son: el trago, las chicas malas y la timba.
Refiriéndome al primero de ellos pues, comenzamos a frecuentar algunos bares
del barrio como “El Azul”, cuya propietaria era una Tía de la cual ya ni
recuerdo el nombre, pero si su apariencia, como la Hermelinda de las
historietas, y que ademas, se decía que tenía fama de practicar la hechicería,
lo cual producía en nosotros una cierta ansiedad –por no decir temor- cada vez
que la visitábamos. También nos reuníamos en las tiendas del “chino Juan” y
“don Rafa”, ambas colindantes, y especializadas en la preparación de brebajes
hechos a base de anisado, ron y alcohol que te hacían entrar en orbita en menos
de lo que canta un gallo. Pero había un lugar que recuerdo con especial cariño,
en el que pase inolvidables momentos junto a George, Gilbert, Papi, Joselito,
el “loco Freddy”, Lucho Salas, entre otros. Ese lugar era “El Caracol”.
Era una cantina a la que se llegaba subiendo la Panamericana, justo a la
entrada de lo que ahora es el barrio de José Olaya, precisamente al lado de la
casa de Luchin “gato” Flores. Este lugar era propiedad de unos “paisanos”, como
la mayoría que habitaba la zona, que en esa época era una “invasión”. Pero,
aparte de ser un sitio tranquilo y cercano, tenía dos particularidades que,
para nosotros, le confería el distintivo de “especial” y “entrañable”. Primero,
tenia un juego de sapo, por el que obligatoriamente desfilábamos para poner en
práctica nuestras habilidades con las fichas de metal dorado, tratando de
hacerlas ingresar en la boca del batracio, colocado en medio de aquel artilugio
de madera, llena de huecos y cajoneras diagonales. Y, en segundo lugar, tenía
una Rockola. Sí, esos monstruos metálicos, que por un
ingenioso sistema de rodamiento, colocaba el disco previamente seleccionado en
el panel delantero. Creo que nunca un aparato eléctrico tuvo tanta magia como
este “pionero” de los reproductores musicales.
Pero falta contarles un detalle, el más importante de mi narración. Era el caso
que como los dueños de este bendito local eran de la serranía de Ancash, y por
tanto, toda la discografía incluida en la rockola eran huaynos, salvo un disco.
Esa canción era –y fue allí donde la escuche por primera vez- “Me and Mrs
Jones” del inigualable Billy Paul, extraordinario tema que desde ese instante
me ha acompañado a lo largo de mi vida y que cada vez que lo escucho -como en
estos momentos- me transporta, a través de los recuerdos, a aquellos momentos
de juventud, en aquel lugar mágico, jugando sapo junto a los amigos de toda la
vida y escuchando la mas entrañable de las melodías.
